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Proyecto Elly Presenta
[ Chrono Cross: Res Nullius ]
Capítulo
1: Las
olas comienzan a voltearse.
El sol se levantó alto en el cielo sobre las blancas nubes en
ascenso, en un inusualmente cálido amanecer. Serge dio la
vuelta para ver frente a él un magnificente edificio, una
estructura poco familiar. Rodeado por un rango de montañas
altas, era un fuerte, una fortaleza; era como si se sentara en
el corazón de un profundo cráter. Seis estatuas de dragones,
erguidas estratégicamente alrededor de la fortaleza,
amplificaban la imponencia de la extraña construcción con
majestuosidad.
Sus piernas lo llevaron hasta el edificio como si tuvieran mente
propia. Una plataforma que parecía mágica, ya que no
presentaba signos de tecnología bajo Serge se elevó y lo llevó
arriba. La puerta rugió mientras era forzada a abrirse a los
lados a través de sus viejos y oxidados senderos por el piso de
piedra. Tres figuras detrás de ella corrieron hacia el largo
pasillo ante ellos. Una era una chica rubia vestida de rojo con
una cola de caballo, otro un joven con armadura de un caballero.
La tercera era su amiga de la infancia, Leena. Los tres se
detuvieron, voltearon
hacia Serge, viéndose extremadamente preocupados
“Qué te pasa Serge? Te ves preocupado. Éste es
el momento. ¡No hay regreso ahora!” Leena dijo, tratando de
animarlo.
“¡Oi!
Vamos, ¡Serge, Leena!” La chica delgada de rojo gritó. Se
dio la vuelta, dando la cara ante corredor. “¡Tú sólo espérate,
Lynx! ¡Hoy va a ser el día en que arreglemos cuentas! ¡Di tus
oraciones! ¡No es que te vayan a servir de todas formas!”
La joven explotó en una histérica risa victoriosa que resonó
por el vestíbulo.
“¡Serge!” Leena llamó.
De nuevo, sus piernas lo llevaron por el vestíbulo. El resto lo
siguió.
Emergieron en un gran salón en donde murciélagos y enormes
criaturas mecánicas estampaban sus pies. El grupo de cuatro
procedió al centro de la habitación, teniendo poca dificultad
en lidiar con los persistentes murciélagos, y apartando las máquinas.
Ascendieron en una plataforma circular de un cristal amatista
azul gravado con un símbolo – siete anillos, seis a las
orillas de un hexágono unidos por líneas rectas hacia uno en
el centro.
Llamaradas de blanco danzaron alrededor de ellos,
mientras cuatro pilares de luz los escudaron y los bañaron en
un gentil calor. Serge empezó a sentirse algo mareado, como si
su cabeza fuera más ligera, mientras su cuerpo empezó a flotar
hacia arriba mas allá de su control. En un parpadeo, se encontró
a sí mismo disparándose hacia el pasillo, sin heridas a través
de su techo, hacia un espacio abierto y terminando en una
estructura que parecía un techo.
“¡Oi!”
La chica de rojo rugió. “¿Exactamente qué demonios fue
eso?”
Caminó a la orilla del techo y miró hacia abajo.
“¡Woow! ¡No
le hagas!” La joven exclamó ruidosamente. “¡Estamos bien
alto! ¿Esta cosa está flotando?” El techo de la fortaleza,
pequeño como la punta de la torre de un castillo, flotaba en
los cielos por medios de magia desconocida. Las nubes eran como
una densa niebla que los cubría en un tenue, místico blanco.
Fuertes, implacables bosquejos arrastraban la niebla a través
de la piel como un aerosol casi como el final de una larga
cascada. La
atmósfera era como de ese frío que muerde, el efusivo aire difícil
de respirar. Un pasillo recto conducía el camino hasta una
enorme puerta cerrada a lo que parecía ser una cámara.
“¿Sintieron como su cuerpo pasó a través del techo justo
ahora?” Leena preguntó.
“Seguro que esto es un fuerte,” La chica de rojo dijo
mientras se separaba de la orilla e iba hacia Serge. “Eh, ¿Serge?”
Cruzó sus brazos, zapateó ligeramente su pie derecho en el
piso y esperó por el reconocimiento de Serge. Cuando Serge no
respondió, la chica lo estudió.
“¿Estás bien, Serge?” Preguntó mientras descruzaba sus
brazos. “Has andado medio raro. Quién sabe que haya adelante,
así que mantente sobre tus pies, ¿eh?”
Serge cabeceó pero se sentía extremadamente inquieto. Lo
sobrecogió por una sensación enferma, una premonición que
masticaba cada una de sus tripas. Trató de mantener su
compostura y apartó el siniestro sentimiento a un lado. Caminó
hacia la puerta de la cámara, en donde se encontró a sí mismo
engullido por una fuerza invisible que se sentía como si su sus
tejidos y músculos se estiraran en todas direcciones. Su cabeza
giró salvajemente mientras las orillas de su campo de visión
lo envolvían, como si la puerta se moviera hacia él y quisiera
asimilarlo sobre su materia.
Luz parpadeaba ante los ojos de Serge. Una escena
diferente tomó su visión. Vio otra versión de sí mismo –
un duplicado, un impostor – parado a algo de distancia con una
sonrisa torcida en su rostro. En la mano de ese Serge había una
daga corta, con sangre fresca escurriendo de ella. La chica de
rojo ahora yacía sin emociones en un charco de rojo, su cara
con una mueca de agonía. Sobrellevado por la furia y un
inexplicable sentimiento por ella, Serge arrastró sus pies
hacia “el otro Serge.”
“¡Serge!”
Leena gritó.
“¡No!”
El impostor Serge dio la vuelta y apuntó sus manos a él.
Mientras un enorme cambo de energía negra se formaba alrededor
de las manos del otro Serge, Serge neciamente se acercó a su
adversario, sabiendo que nunca podría alcanzarlo a tiempo. Una
relámpago resplandeció por el aire y golpeó fuertemente en
Serge, antes de que la oscuridad lo absorbiera completamente. La
última cosa que escuchó, fue a Leena gritando débilmente, “¡Serge!”
“¡Serge!”
“¿Serge?”
Una gentil voz dijo suavemente.
¿En dónde era éste lugar?
“Buenos días, Serge” lo saludó su madre. “¡Vamos dormilón,
levántate!”
Serge se retorció para abrir sus ojos al techo de madera de su
cuarto. Un sueño, él desechó.
Era de mañana, muy tarde en la mañana. Los rayos del sol se
perfilaban casi verticalmente por las viejas y desgastadas
persianas hacia su cuarto en la alfombra del piso.
Ésta mañana, el verano recién había comenzado para el año
1020 AD. Le había dado a Leena su palabra de que se encontrarían
abajo en la Piedra Lagarto hoy para buscar escamas de reptil
para su nuevo collar, un artículo parte del comprensivo
programa de verano de Leena, uno que siempre era creativo y
diferente cada año.
Serge tenía diecisiete. Con un fleco azul saliendo de su
bandanna roja favorita, era el chico promedio que solo se
interesaba en mantenerse a la moda en su vestir como cualquier
otro adolescente. Tenía una complexión standard: bien
tonificados bíceps, antebrazos, y una piel bronceada
naturalmente. Estaba vestido con una camisa negra debajo de una
más larga de piel que se extendía hasta debajo de sus caderas,
y alrededor de su cintura un cinturón negro que plegaba con
precisión su túnica contra su cuerpo. Su inferior era un par
de Bermudas azules con tramas decorativas decoloradas cerca de
las puntas, una moda actual en Arni.
Serge era callado y mantenía muchas cosas para sí mismo. Difícilmente
le hablaba a los aldeanos o a los niños, ni si quiera a Leena.
Nunca conversaba mucho con su madre tampoco, y nunca fue verbal
acerca del amor que le tenía a su madre, el amor que creía que
era mejor fuera dejado sin hablarse. Su naturaleza reservada le
consiguió la simpatía de los aldeanos, sin embargo. Seguido,
eran ellos quienes se acercaban a él para charlar, incluso
cuando casi siempre terminaba en conversación de una persona.
El otro grupo se cansaría y eventualmente dejaría a Serge
solo.
Como un soñador, pensaba en muchas cosas. Frecuentemente se
preguntaba sobre los asuntos profundos de la vida y el
significado de
ella. En dos ocasiones, en los diecisiete años que había
visto, había encarado a la muerte. Pero cada ocasión,
milagrosamente, y agradecidamente, había escapado de sus
imperdonables garras. Tal vez fueron esas experiencias las que
lo convirtieron en la persona pensativa que era ahora.
Hace catorce años, cuando Serge tenía solo tres años, fue
mordido y fatalmente envenenado por un demonio-pantera. No podía
recordar mucho de ello ahora, que pasó antes y que pasó después.
Había escuchado un poco de su madre, porque ella era
entendiblemente reservada sobre ello. La mayoría de la historia
estaba fragmentada por los relatos en pequeñas partes de sus
compañeros aldeanos.
Sólo apenas hace diez años (o tres años después del
incidente de la pantera), a la edad de siete, estuvo a punto de
ahogarse. Podía recordar vagamente la sal y lo asfixiante del
agua de mar. Pero los detalles en su mente eran exiguos, también.
Algunos aldeanos lo encontraron inconsciente, revolcado por la
Playa Opassa. Ninguno de ellos supo lo que sucedió.
Tal vez debido a la misma naturaleza de los incidentes, su mente
había liberado el trauma de los más terribles momentos en su
vida de sus cadenas, rehusando ser limitado por las memorias de
los asimientos del diablo en su misma existencia. No recordar
nada de ello era cosa buena, Serge siempre sintió. Hay tiempos
en que la ignorancia es una dicha. Y la simple, feliz vida que
había llevado hasta ahora lo atestaba.
Serge se sentó en su cama, se estiró y dejó salir un largo y
aliviante suspiro. Frotó sus ojos y visualmente inspeccionó su
cuarto de nuevo, ahora impecable y reluciente. Su madre lo había
puesto a limpiar por completo su cuarto ayer. Pero como la mayoría
de los hombres lo harían, le tomó para siempre terminar.
Cuando le daban ganas, hacía su cama.
Cuando
se sentía de otra forma, se paraba por la ventana, contentado
de sólo pasar unos cuantos largos momentos, perdido en
pensamientos profundos. O, empleaba cada onza de su fuerza,
vigorosamente puliendo su swallow. Cuando terminaba, regresaba a
su cuarto para afanarse a la tarea de sacudir sus repisas de
madera y alfombra. Perder el tiempo era la orden del día. Para
cuando había terminado su cuarto completo, un día había
partido ya, las lunas flotando en lo alto. Estaba complacido sin
embargo. Era, después de todo, su propio cuarto limpiado con
sus propias manos.
El swallow era un arma grande que era tan larga como Serge era
de alto, como el remo de un bote, pero con cuchillas en vez de
paletas. Había estado usando su swallow por varios meses ahora,
después de encontrarla en los bosques afuera de la villa
mientras vagaba por ahí un día. Entonces, estaba vieja y
manchada, empapada en agua lodosa, los las espadas desafiladas.
Él vio mas allá
de la poco atractiva suciedad, y fue hechizado por su
simplicidad y la ingenuidad en su diseño. Era amor a primera
vista. La trajo a casa inmediatamente para limpiarla y lavarla.
Desde entonces, ha estado puliendo y afilando el swallow cada día
sin falla, poniendo mucho más esfuerzo en el arma que en su
propio cuarto. Algunos días la limpiaba dos veces, otros días
tres. No tenía maestro formal para enseñarle los movimientos,
pero el jefe de la aldea, Radius, le tiraría un truco o dos,
dibujando de lo que había visto en sus gloriosos días en el
campo de batalla. De otra forma, Serge inventaría unas por su
cuenta, experimentarlas en postes con pesas atadas ambos
extremos, y luego finalmente en la cosa real. Se convirtió en
una necesidad para Serge salir de su hogar con ella para poder
defenderse y ponerla en buen uso, si es necesario.
Serge se levantó y se estiró una vez más. Después de
cambiarse a un nuevo atuendo, caminó hacia debajo de las
escaleras hasta el pasillo para saludar a su madre y empezar su
nuevo día.
“Buenas, má” Serge saludó melancólicamente, aunque le
daba gusto verla.
“Oh, ¡buenas tardes!
Serge.
Tu
sí
que
te
tomas
tu
tiempo.
El
sol ya ha alcanzado lo alto,” su madre le recordó
gentilmente. “Por cierto, no tenías planes de verte con Leena
ésta mañana? Leena vino a ver si te habías levantado, pero
tu, joven, aún estabas en la tierra de nunca-nunca jamás. No
deberías romper tus promesas así. ¡Las chicas pueden ser
bastante escalofriantes si las haces enojar!”
Nacida y criada en Arni, Marge
había atado el nudo a sus jóvenes diecinueve, y tuvo a Serge a
los veintiuno. A los 38 éste año, era una madre cariñosa, y
una costurera de ocupación, la única que traía el pan a la
familia por ahora. Arrugas de edad y esfuerzo se habían
desarrollado debajo de sus ojos, y tenía ya unos cabellos
blancos. Aún así, exudaba una belleza que rehusaba
desvanecerse con el paso del tiempo. Pocos de los que se detenían
por Arni en sus viajes no quedaban mesmerizados por su belleza.
Algunos trataban de ganar su corazón con palabras: otros se
echaban para atrás al darse cuenta que tenía a Serge. Pero había
aquellos que interrumpían su viaje, se desviaban al norte a
Termina, e invertían una fortuna en bellflowers, y los más
exquisitos de los regalos, sólo para complacerla.
Nunca, ni una sola vez Marge aceptó algo, o alguien si a esas
vamos.
Wazuki era el padre de Serge, un duro pero alegre hombre;
fuerte, pero amable; amante de la diversión pero extremadamente
responsable. Un dotado marinero y un consciente pescador, se
ganaba la vida vendiendo la pesca. Había estado trabajando
desde joven a la edad de quince, y caminado por el pasillo a los
veintiuno. Después de tener a Serge cuando tenía veintitrés,
zarpaba y pescaba menos seguido, y pasó a trabajar en las
granjas.
Serge sabía mucho sobre su padre por las vívidas descripciones
de su madre y los aldeanos. Pero conoció poco a su padre en
persona, o incluso cómo se veía. Cuando Serge fue mordido y
envenenado por el demonio-pantera hace catorce años, Wazuki
puso sus esfuerzos en buscar una cura. Serge fue eventualmente
salvado. Pero Wazuki era un hombre cambiado. Se volvió
depresivo, violento y frecuentemente reñía con otros aldeanos.
Bastantes días después, zarpó y nunca volvió. Nadie se
recuperó nunca. Todos pensaron que se había perdido en el mar
y había muerto ahí, que debía haber sido el sobre-cansancio
de salvar a su hijo el que causó su muerte.
Wazuki sólo tenia veintiséis entonces.
El día en que Wazuki no volvió, Marge se preocupó por él. Lo
esperaba en el muelle del amanecer al anochecer, y luego de las
noches estrelladas hasta la mañana en que se levantaba el sol.
El joven Serge que recién se había recuperado de la mordida de
la pantera, se paraba vigilantemente en el muelle con Marge,
rezando por el retorno seguro de su padre. La espera indefinida
y la preocupación causó una baja muy pesada en su madre. La
espera terminó, pero la preocupación se apilaba como el
quehacer de la casa que se dejaba sin hacer, o como el polvo no
barrido. Ella perdió sus sonrisas, su apetito, su sueño, y
pronto, su color rosa de salud. Cayó tan enferma que tuvo que
ser confinada a su cama. Casi perdió la cabeza. Serge la cuidó
por un mes entero, hasta que se recuperó. Hoy, aún le dolía a
Serge pensar que ella sufrió tanto en ese entonces.
El paso del tiempo curó las heridas, ahogó las penas. La
familia de dos pronto aprendió a aceptar la cruel realidad de
su pérdida, a tener el valor de cambiar a un nuevo, difícil
capítulo de sus vidas.
“Ahora apresúrate a disculparte con ella,” Marge aconsejó
preocupadamente.
“Bien,” Serge dijo mientras salía de la casa.
“¿Serge?”
“¿Sí?”
Serge respondió mientras volteaba a Marge.
“¿Alguna vez has considerado a Leena como tu novia?” Marge
dulcemente preguntó la misma insinuación de nuevo. “Ustedes
ya tienen edad de casarse y tener hijos.”
Como todas las madres, siempre le recordaba a Serge conseguir
una novia para que cuide de él, y la compañera sugerida
siempre resultaba ser Leena. Serge y Leena eran amigos cercanos,
pero cercano era tan lejos como podrían llegar.
“Además, Leena es una chica buena, ¿o no?” Dijo con una
sonrisa.
“Mamá...”
“Bien, bien, no seré una peste para ti. Ahora apresúrate y pásense
un día agradable”
Serge cabeceó obedientemente mientras caminaba afuera por la
puerta.
“Bye, má.”
“Adiós, Serge.”
Éste era El Nido.
Conformado por un continente principal y pequeñas islas rodeándolo,
El Nido era un pequeño archipiélago – un paraíso –
localizado en la lejana parte del suroeste en el globo,
consistentemente en isolación del resto del mundo, casi
invisible en la mayoría de los modelos disponibles del globo.
Su localización física era inconvenientemente remota, requería
al menos bastantes días viajando en un navío grande de los
continentes principales. Rodeado por una barrera de corales y
montañas que tocaban los cielos, el tráfico proveniente del
exterior navegaba por un pequeño río al noreste, que dependía
de las estaciones para variar. Durante el invierno, las
corrientes del interior de El Nido disuadirían incluso a los
mejores barcos de cruzar el borde. En verano, las corrientes en
reversa hacían imposible para cualquiera dejarlo.
Conocida como la tierra de los “Dragones Durmientes,” las
leyendas decían que El Nido fue una vez hogar para los Seis
Dioses Dragones que cuidaban a la humanidad y fueron venerados
por muchos, especialmente en los días ya pasados cuando los
humanos, demi-humanos y Dragonians una vez vivían en perfecta
armonía.
Las islas estaban nombradas ante los Dragones: Isla del Dragón
Cielo, isla del Dragón Agua e Isla del Dragón Tierra; y
presumiblemente esos dragones vivían ahí. Los otros tres
Dioses Dragones no tenían islas con su nombre, se desconocía
su localización mientras los otros aún estaban alrededor. En
los años recientes, los Seis Dioses Dragones, sin embargo, ya
no habían sido muy escuchados. Había abundantes y conflictivos
rumores de su estado actual de existencia, pero era generalmente
pensado que se desvanecieron en una noche.
Arni, el hogar de Serge, era una pequeña aldea cerca del mar en
el sur del continente principal del archipiélago de El Nido.
Fundada lejos de la bulliciosa ciudad de Termina, y la Mansión
Viper muy lejos arriba en el norte, rodeada por bosques y campos
de arroz, Arni era una aldea pacífica, alejada de los estilos
de vida sofisticados. Los aldeanos de Arni crecieron sus propios
cultivos en los campos montañosos y de arroz, y cazaban sus
alimentos de lo salvaje. Su principal suplemento de comida venía
del mar. Arni era, después de todo, una villa pesquera, y
pescado era su comida cotidiana, así como un generador de
ingresos al exportarlo.
El centro de la aldea tenía un lugar de reunión para los
aldeanos durante las estaciones festivas, un lugar para
celebraciones, cenas, ceremonias matrimoniales y toda clase de
ocasiones recreativas similares. Pero en días normales como
hoy, el centro de la aldea servía como un lugar de mercado para
que los aldeanos vendieran sus productos – como los típicos
jarrones de cerámica, o animales tallados en madera – a los
viajeros.
Paredes de madera y verdes techos de paja daban casa a los
Arnianos y circundaban el centro de la aldea, con sus entradas dándole
frente. Pilares soportaban las chozas en su base, elevándolas
de cualquier inundación potencial y mareas altas que de otra
forma podrían arruinar sus hogares. Los aldeanos colgaban
pescado seco como símbolo de suerte y prosperidad en sus
puertas como una tradición. La pesca grande del día debía de
exponerse en la hamaca, en acuerdo con otras tradiciones para
atraer la suerte, heredadas por los últimos miles de años, o
eso se decía. La temporada de pesca siempre había sido buena:
había fácilmente pescas grandes cada día.
Serge
puso sus pies fuera de la casa hacia el pasto, y tomó un
respiro profundo de aire fresco, que no era totalmente fresco,
porque tenía el ligero hedor del pescado combinado con la
refrescante esencia del pasto verde y los arbustos. Pero era un
aire que Serge había estado respirando por diecisiete años, y
eso mismo lo había sentir confortable.
Los niños corrían cerca y uno tras otro en sus juegos de
atraparse, tal como lo hacían cada buena mañana. Sus alegres,
descuidadas risas se mezclaban con los suaves sonidos del mar
mientras sus olas gentilmente limpiaban la playa al lado de
Arni. Los aldeanos hombres que no estaban en el mar realizaban
su rutina diaria en los campos; araban, extraían los productos
y plantaban nuevas semillas. Las aldeanas mujeres se entregaban
a sus faenas del trabajo hogareño: andar de niñeras y cocinar
mientras algunas otras ejercitaban sus bocas con sus chismorreos
diarios. Otras se sentaban en sus puestos para vender sus
recuerdos y cuentas de Elementos en el lugar del mercado.
Serge decidió ir a donde Radius para sus oraciones diarias
antes de encontrarse con Leena. Mientras iba de paso ahí, Una
gritó a través del centro de la aldea, “¡Oye! ¡Sergy!”
Una
era el hermano
menor
de Leena. A
sus quince, era brillante, alegre, pero un terriblemente
travieso muchacho. Le agradaba mucho Serge, y parecía ya estar
tratando a Serge como su cuñado.
¿Los
dejé picados? =P Bueno, éste capítulo aun está bajo ajustes,
ni modo!
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