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Proyecto Elly Presenta
[ Basado en Emoción: La Saga de Zeboim
]
Capítulo
4: Proposición.
Kim escuchó un ruidoso campanilleo en su cabeza. Frunció
el rostro y trató de rodarse, pero un cálido peso estaba
cubriendo su cuerpo. “Urrgh,” gruñó, intentando recordar
en dónde estaba.
El aliento de Elly era uniforme incluso cuando se acostó
sobre ella, y el tintineo no molestaba su pacífico rostro. El
teléfono sonó por tercera vez, y Kim deseó que desapareciera.
Elly cambió de posición levemente, envolviendo un brazo
alrededor del cuello de Kim, mascullando en su sueño.
“Haz que se vaya,” Elly murmuró, obviamente refiriéndose
al incesante teléfono que resonaba fuera de tono como si no
hubiera un mañana. Kim cabeceó, y empujando a Elly a un lado,
se arrastró por el sofá, alcanzó la mesa, y tomó el
recibidor.
“¿Hola?”
“¿Doctor Kasim?”
“Sí,” Kim respondió, limpiando sus ojos con su mano
libre.
“Éste es el Ministro Harfield, Ministro de Salud
hablando. Me gustaría informarle que va a ser transferido.”
La somnolencia de Kim desapareció. “¿Qué? ¿Qué es
esto, sin consultarme?”
“Será reubicado al Concejo de Investigación Nacional.
Esto es al respecto del esfuerzo de guerra, y necesitamos su
cooperación extrema. Sin embargo, para compensarlo,
multiplicaremos su sueldo por uno punto cinco veces de lo que
actualmente gana... libre de impuestos.”
Kim trató de esconder la alegría interna en su corazón.
“¿Qué hay acerca de la seguridad?” Él preguntó. “¿Qué
me asegura que mantendré éste empleo cuando la guerra
termine?”
“No se preocupe. Estamos, mientras hablamos, trabajando
en su plan de pensión que lo cubrirá de su retiro a la edad de
cincuenta y cinco. Estamos pensando de proveer con
aproximadamente un millón por sus ahorros del retiro, y eso es
apenas un valor inicial.”
Kim resistió la tentación de gritar en el teléfono.
“Uhh, bien, esto suena genial y todo, pero me gustaría tener
todo esto por escrito... ya sabe, el contrato.”
“Desde luego, Doctor. ¿Está usted libre ésta tarde?
Si lo está, me gustaría que viniera al Concejo de Investigación
Nacional en persona para que lo acordemos. Su trabajo se centrará
casi completamente en nanomáquinas. La meta del proyecto es
desarrollar tecnología para regenerar tejido humano mutado y dañado
para poder ayudar a los militares y civiles.”
“Una causa ciertamente humana,” Kim concurrió.
“Desde
luego.
Somos el gobierno. Debemos de ocuparnos de nuestra
gente.”
“¿En qué parte del C.I.N., lo encontraré?
“Lo esperaré personalmente en la recepción. A las dos
p.m. ¿Es eso problema?”
“No, no lo es. Gracias, Ministro.”
“El placer es mío.”
Kim puso el teléfono de vuelta a la horquilla con
ligeramente temblorosos dedos.
“¿Quién rayos era ese?” Elly preguntó, moviéndose
en el colchón y jalando las sábanas alrededor de ella.
“Era el Ministro Harfield. ¡Me están promoviendo!” Kim
anunció.
“Tendré
un aumento.
Uno
punto cinco veces mi salario actual, libre de impuestos. ¡Además,
tengo un plan de pensión pagado!”
Los azules ojos de Elly brillaron. “¿En serio?”
Kim cabeceó. Saltando de vuelta al sofá y envolviendo
sus brazos alrededor de ella. “¡Sí, en serio! Haré prácticamente
lo que hago ahora... excepto que me concentraré en nanomáquinas
solamente, por el bien de regenerar el tejido humano.”
“Quieres decir que entonces, ¿Usarán ésta
información y esas cosas para desarrollar tecnología para
ayudar a la gente en los hospitales?”
“Supongo,” Kim respondió. “Podrían usarla para el
esfuerzo de guerra, también. Como sea, creo que es una buena
causa... no veo como alguien podría abusar de las nanomáquinas
si están en manos equivocadas.”
Elly encogió los hombros. “Es bueno verte en una
posición tan alta ahora. Y pensar que estabas tan preocupado
sobre tu trabajo. Veintiocho años de edad, ¡Y estás ganando más
que la mayoría de los doctores a los cincuenta!”
“Lo sé.
Es
algo emocionante, en verdad.” Le guió un ojo a su esposa.
“Quién sabe, creo que ésta es suficiente seguridad para
comenzar una familia.”
Elly radió, alcanzando a Kim y jalándolo encima de
ella. “Ya era tiempo, ganso loco. Pensé que tu trabajo había
asumido el control de tu vida.”
Kim caminó por el gran edificio de cristal,
conscientemente ajustando su corbata. Por alguna razón, casi
todos los edificios estaban hechos de cristal. La capital de
Valeria, Kore, había sido construida en una era de prosperidad
e iluminación, en conjunción con la capital de Loveh,
Brigantia. Que Kim recordaba, se pronunciaba “Briantia”, y
la capital de Trewth, Asera. Hoy en día, las ciudades hechas de
cristal ya no reflejaban la luz del sol.
Hace tres años, la guerra empezó y el cielo se llenó
con humo y polvo de las bombas. Bajo la presión de los ataques
aéreos, muchos de los edificios se rompieron en pedazos. No muy
sorprendentemente, muchos fueron abandonados. Si uno caminaba
por la calle, frecuentemente se apreciaban pedazos azules de
cristal en las banquetas, bajo el esqueleto de acero de un viejo
rascacielos golpeado por las explosiones en el pasado. Aunque,
por una razón, el gobierno se rehusaba a mover su C.I.N. a
instalaciones más seguras.
Kim caminó hacia la recepcionista, y estaba a punto de
presentarse, cuando un algo aparentemente llano hombre con piel
pálida y plumoso cabello café caminó saliendo de una de las
puertas traseras. Se introdujo a sí mismo como el Ministro de
Salud Harfield.
“Soy Kim Kasim, Ministro,” dijo Kim, extendiendo una
mano, que el ministro tomó con una firme sacudida.
“Me gustaría que leyera un contrato y lo firmara.
Aunque, francamente, Doctor Kasim, no tiene muchas opciones
porque estamos en estado de guerra.”
Kim no necesitaba ningún convencimiento, sin embargo, y
después de explorar el documento rápidamente, encerró su
nombre en la línea horizontal prósperamente.
“¿Puedo ver mi laboratorio de trabajo?” Kim
preguntó.
“Ciertamente.
Permítame
darle un pequeño recorrido. Doctor, no es sino el primer
miembro de un nuevo equipo de científicos designados a agrandar
el conocimiento de la humanidad. Será un factor mayor en el
resultado de ésta guerra.” El ministro guió a Kim por una
puerta trasera, poniendo su dedo gordo en un panel de seguridad.
Dio un paso adelante, y luego perforó un código en un teclado
numérico para abrir un sistema de puertas de elevador. “No se
preocupe, Dr. Kasim, le daré acceso a todos los niveles en un
momento. Por eso es que estamos aquí.”
“¿Cómo afectará mi trabajo el resultado de la
guerra? No veo exactamente como mis contribuciones, aunque útiles,
pueden determinar el resultado.”
El elevador sonó, y el Ministro indicó a Kim que
entrara primero. Cuando ambos estaban adentro, el elevador
descendió tan rápido que Kim perdió su estómago hacia el
techo. Siempre le habían disgustado los viajes en elevador. Los
tirones y paradas repentinas, además de las extremadamente
largas esperas, lo desesperaban inmensamente.
“Su deber es muy simple: hacer nanomáquinas para
reparar o reemplazar carne humana dañada con el menor costo
posible. Queremos ser capaces de reparar todo el daño hecho por
el envenenamiento de radiación, heridas de bala, cualquier cosa
como esa. Si podemos hacer esto... o incluso algo cercano a
ello... entonces Valeria estará mucho más cerca de ganar ésta
guerra.
“Daré lo mejor de mí,” Kim respondió. “No será
fácil, a pesar. Las nanomáquinas no son muy conocidas por ser
capaces de operar dentro del cuerpo de alguien sin ser
rechazadas como tejido extraño.”
El Ministro miró profundamente a los ojos de Kim,
sonriendo en una forma tan descorazonadora que el científico
tuvo calosfríos.
“Estoy seguro, Doctor, que encontrará una forma de
sobreponerse al problema.”
No intercambiaron más palabras en el elevador mientras
descendía a los laboratorios subterráneos. El laboratorio
estaba completamente vacío de trabajadores. El ministro encendió
las luces de arriba. Mientras Kim veía las facilidades ante él,
sus ojos se saltaron en sorpresa. “¡Un espectrómetro Minsing
S.I.! ¡Aceleradores de partículas, cápsulas de soporte de
vida! ¡La tecnología aquí es absolutamente impresionante!”
“Reservado sólo para lo mejor, y en una época de
necesidad calamitosa. Nosotros, el gobierno, cubriremos todo
para usted, desde ensambladores de nanomáquinas, ácido hidroclórico,
hasta papel de baño adicional. Si lo pide, es suyo.”
“No puede ser tan simple.”
“De regreso, le solicito que su equipo de
proyecto someta un informe semanal en cuanto cómo marchan los
recursos, cómo ha avanzado el proyecto, y el progreso de
nuestra meta. Como encargado del proyecto, espero que haga esto
posible.”
“¡¿Encargado del proyecto?!” Kim gañó,
completamente sin intención.
“Desde luego, Dr. Kasim. Usted será la cabeza de éste
grupo.”
“Sí señor,” Kim indicó puntualmente.
El ministro acomodó sus pies. “¿Tiene más
preguntas?”
“No señor.”
“Muy
bien.
Permitámonos
regresar a la superficie.” Alcanzó el bolsillo de su chaqueta
y sacó un sobre. “Ésta es su tarjeta de acceso, la clave del
elevador, y un documento sobre el código de conducta y
seguridad del laboratorio.”
“¿Seguridad del laboratorio?”
“No me pregunte a mí. Es ley del gobierno.”
La conversación en el viaje de vuelta trató
principalmente sobre política: sobre la guerra, sus razones, y
por qué el proyecto estaba siendo inicializado. Kim apostó que
el ministro raramente hablaba sobre sí mismo. En el camino a la
calle, Harfield golpeó ligeramente a Kim en el brazo. “Por
cierto, Doctor, antes de que se me olvide, tendremos una cena
ejecutiva para discutir algunos de los acontecimientos
concernientes a Zeboim-Valeria. Usted, como un importante y
respetado científico, está invitado. Por supuesto, su esposa
está invitada también.” Sacó dos invitaciones rosas
envueltas en tubos y las puso en la mano de Kim. “La cena es
en una semana. Buen día, Doctor. Espero escuchar buenas
noticias de usted pronto.”
Kim cabeceó, y agitó la mano del Ministro Harfield,
luego continuó de regreso a su departamento.
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