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Proyecto Elly Presenta
[ Basado en Emoción: La Saga de Zeboim
]
Capítulo
1: Piezas demasiado pequeñas.
La enfermera se sentaba fuera del salón de clases cerca
de la puerta, ocasionalmente volteando su cabeza,
sobre-escuchando el sermón a través de la puerta abierta.
Revisó su reloj. Después de su lección de historia, le daría
a los niños un curso rápido de cómo dar Respiración
Cardio-Pulmonar.
Podía
escuchar a la maestra instruyendo a los alumnos. “Y en ésta
sección del mapa, ¿Qué tenemos niños? Linda, tu puedes
contestar ésta. Esa es la provincia de...”
“Loveh”
Linda respondió puntualmente.
“Hace tres años, Zeboim solía ser un país. Fue
dividido en tres principales provincias. Las tres provincias
fueron Valeria, Trewth, y Loveh. Pero ahora, a causa de las
guerras con Loveh y Trewth, Zeboim ahora está dividido. Vivimos
en Zeboim-Valeria, que controla la mayoría de los ríos,
bosques, y montañas de Zeboim. Trewth tiene muchos desiertos,
en donde pueden minar metales y otras riquezas. Loveh, por otra
parte, tiene acceso a los mares, en donde pueden hacer
intercambios con otros países.” Ella bajó su apuntador.
“En el pasado, la premisa de Loveh quería remover
mucha de su gente pobre y enferma de sus calles, así que
empezaron a matarlos. Zeboim-Valeria emitió bloques de comercio
contra ellos. Nos rehusamos a darles metales por tan crueles que
estaban siendo con su gente. Pero un día, Zeboim-Loveh decidió
atacarnos con sus fuerzas terrestres. Para defendernos, les
lanzamos misiles. Esto es llamado una guerra, cuando dos países
llevan a su gente a pelear contra otra. Justo ahora, estamos en
guerra con Loveh.
La mujer esperando afuera del salón de clases suspiró
profundamente. Guerra. Elly trabajaba para la Oficina
Federal de Asuntos Médicos desde hace más de siete años y
medio. Habían estado en guerra por tres años, y había visto
ya tanto dolor, tanto sufrimiento, tanta muerte. Su mano cepilló
una brizna suelta de cabello castaño detrás de sus orejas.
“No podemos dejar a Loveh ganar la guerra. Lanzaron
armas nucleares hacia nosotros. Si los dejamos ganar, entonces
todos seremos liquidados porque Loveh asesina a todo el que es
pobre ó enfermo.” Los niños cabecearon a las palabras de su
maestra. Ella inclinó su cabeza gravemente.
“Trewth no es mejor que Loveh. Ellos no mataron a su
gente, pero apoyaron a Loveh. Cuando Loveh lanzó armas
nucleares, destruyeron las ciudades Valerianas de Reibata y
Teibon. Y la radiación se extendió hacia Trewth, infectando
sus aguas y haciendo a su gente muy enferma. A Trewth no le gustó
esto, así que atacaron a Loveh. Pero cuando Valeria quería
unir fuerzas con Trewth, acusaron a Valeria de ser un país
malvado por provocar una guerra, y nos atacaron a nosotros también.
Entonces ahora debemos defendernos de los dos males de Zeboim,
Loveh, y Trewth.”
Uno de los niños, que tenía pecas azules sobre sus
brazos, levantó una mano. La enfermera notó los defectos. Eran
células mutadas por radiación.
Vio
a la maestra apuntarlo. “Sí, ¿Jeff?”
“¿Por
qué las armas nucleares son tan malas?” Él preguntó.
La maestra fue rápida en responder ésta, y sus ojos
vacilaron viciosamente mientras chasqueaba su respuesta. “¡Porque
esparcen radiación! Levantan tanto desperdicio y polvo en la
atmósfera, que bloquean el sol. ¡La radiación mata a humanos!
Si las armas nucleares no matan a la gente de inmediato,
entonces hacen que la gente se enferme. Cientos de miles mueren
inmediatamente por la explosión. Millones más se enferman y
mueren. ¡Loveh lanzó misiles nucleares hacia nosotros! ¡Y por
eso, deben ser castigados! Miren, todos han visto las bombas
explotar. La caída que causan. La destrucción que
extienden.” La maestra pasó un dedo bajo sus redondos
anteojos, moviendo una gota de repentina humedad.
Los labios de la enfermera se torcieron.
“Creo que las nubes de hongo son bonitas,” un niño
dijo.
“¡Ironía!
¡Todo es ironía!” La maestra explotó, estrellando sus manos
en el escritorio ruidosamente, causando a más de un niño
saltar en sorpresa. “Es tan irónico. Una cosa tan hermosa
como una nube de hongo causa la más devastadora ola de muerte
en la tierra. El envenenamiento por radiación es peor que la
decadencia. ¿Recuerdan a Alfred, Milly, y Jenna? Todos murieron
a causa de enfermedad por radiación. Quién sabe cuantos más
de ustedes la tengan ahora... cuántos van...
eventualmente...”
Y de pronto, en la esquina del fondo del salón, una niña
empezó con un grito dibujado, pero sus labios estaban sellados
congelados mientras los músculos comenzaban a convulsionarse.
Se sacudió incontrolablemente, agarrada del lado de su
escritorio con un apretón de hierro.
Era justo como una reacción directa a las palabras de la
maestra.
Los niños murmuraban en pánico. La niña empezó a
hacer espuma en su boca y escupir fluido blanco. Sus ojos
giraban dentro hacia su cabeza, mostrando sólo los grandes,
boquiabiertos globos blancos. Uno de los niños, tomando
iniciativa, trató de mover a la niña al piso y sostenerla de
moverse tan violentamente, pero la escarpada fuerza del
asimiento lanzó a su ayudante fuera mientras caía al piso, con
sus extremidades vibrando
La enfermera estaba sobre sus pies instantáneamente, y
corrió dentro del salón. Los otros la miraban en ya sea temor
o miedo. Ella era una
hermosa mujer vestida enteramente en blanco, quien parecía
estar en sus medianos a últimos veintes, con largo, fluyente
cabello castaño, ojos que brillaban en azul intenso, y un
delicado rostro. Se arrodilló ante la niña, revisando su
pulso, y empezó a administrarle primeros auxilios. Suspiró
palabras suaves a la pequeña niña.
“¡Oh dios mío!, ¡Oh dios mío!” La maestra lloró.
“¡Linda,
llama a los doctores! Jonathan, ¡Trae una manta para
Elizabeth! ¡Hagan espacio para mí!” La maestra corrió hacia
delante, pero al final, no supo que hacer. Los otros niños
estaban agrupados en grupos minúsculos, abrazados unos a otros
y llorando mientras miraban la vida filtrarse fuera de su compañera.
La enfermera administró su tratamiento casualmente, como si
solo fuera otro evento en su día.
En un lapso de minutos, dos paramédicos llegaron con una
camilla. Ayudaron a la mujer a mover a la niña hacia la
camilla, y administraron tratamiento I.V. luego. La mujer se
mantuvo susurrándole palabras suaves a su lado.
“Vas a estar bien, Elizabeth. Cantaré una canción
para ti.” Elly comenzó.
Corre por el frío de
la noche... mientras la pasión fluye en tu corazón. Lista para
pelear, con un cuchillo sostenido cerca de tu lado...
Los tonos del monitor de pulso cardiaco pegados al pecho
de Elizabeth bipeaban en intervalos regulares. “¡Más
oxígeno!
¡Mantengan el pulso cardiaco firme!”. Anunció uno de
los paramédicos.
Y el lobo orgulloso sólo
en la noche, con ojos que vigilan el mundo... y mi nombre como
una sombra... en la cara de la luna...
“¡La estamos perdiendo, el pulso se desvanece, tomen
las paletas!... ¡Enciendan la energía!” El bipeo empezó a
acelerarse.
... Espejo roto...
“¡Despejen!”
El pequeño cuerpo de Elizabeth saltó mientras la sacudida pasó
por ella.
... Un millón de
cortinas de luz...
“¡No
sirve, despejen!” Otro choque.
... el viejo eco...
“¡De
nuevo!”
“¡Por
favor, sálvenla!” Un niño gritó.
... se desvanece...
“¡Despejen,
maldición! ¡Regresa a nosotros, regresa a nosotros!” El
monitor bipeó, más rápido, más rápido, más rápido.
... Fuego frío
apretado a mi corazón... en el azul de la noche... Rasgada por
éste dolor, pinto tu nombre en sonido...
“¡No
funciona! No podemos...” El sonido se convirtió en un
repetitivo, constante tono, zumbando insoportablemente en el
fondo.
... Y la mujer del
amanecer...
“Se
ha ido.”
... con ojos de azul,
y alas de ángel...
“Elly...”
Sintió una mano en su hombro. Las lágrimas empezaron a
alcanzar sus ojos.
... Las canciones de
las estaciones son...
Y
dejó la canción naufragar. La niña había conocido su ángel
del amanecer, ella pensó. Y ahora, no había nada que ella
pudiera hacer.
Quería sentir dolor. Quería sentir el sufrimiento, pero
no pudo. Por dentro, no había nada excepto de un entumecimiento
dentro de ella. No había más dolor que se escapara, que
sangrara de ella. Alrededor de ella, los niños y su maestra sólo
podían observar. Pero no había lágrimas de ellos, ninguna
aura de tristeza, y no lloriqueos; solo una muerta, penetrante
quietud. Elizabeth era la tercera alumna perdida de la clase en
éste mes.
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